En un momento en el que la digitalización de procesos, el trabajo híbrido y la presión regulatoria avanzan en paralelo, la videocolaboración ha pasado a ser una pieza estructural en sectores como la administración pública, la sanidad o los servicios financieros. No solo se utiliza para reuniones, sino como canal para gestionar trámites, atender ciudadanos o tomar decisiones críticas.
En este contexto, el foco ya no está únicamente en la funcionalidad, sino en el control del dato. Como explica Juan Ignacio Herrero, responsable de comunicaciones unificadas de Ricoh, la principal preocupación de las organizaciones sigue siendo el cumplimiento: “nos piden cumplir con normativas como ENS, NIS2 o GDPR, pero también saber dónde está el dato y por dónde circula”. De ahí la creciente demanda de modelos dedicados, donde “el dato nunca sale del control del cliente”.
Del cumplimiento a la integración real
Superado el primer nivel de cumplimiento, el reto pasa a ser cómo integrar la videocolaboración en entornos complejos, donde conviven múltiples plataformas, dispositivos y aplicaciones de negocio.
Aquí es donde la interoperabilidad deja de ser un concepto teórico para convertirse en una necesidad operativa. Según Herrero, Pexip destaca por su capacidad de integración: “cuenta con APIs muy completas que permiten integrarla en cualquier aplicación del cliente”, desde sistemas de monitorización hasta herramientas de seguridad. A esto se suma la personalización, clave cuando el vídeo deja de ser una herramienta aislada para convertirse en parte del proceso.
Desde la perspectiva del fabricante, Valentín Martín insiste en que la seguridad no depende solo de la tecnología: “de nada sirve tener una solución segura si no se implementa siguiendo los procedimientos adecuados”, asegura, añadiendo que este punto refuerza el papel del canal en proyectos donde convergen requisitos técnicos, regulatorios y de negocio.
En paralelo, el mercado está evolucionando hacia modelos donde el vídeo se integra directamente en servicios digitales. “Se está incorporando en procesos como la atención al ciudadano, la sanidad o la justicia, sustituyendo interacciones presenciales y generando confianza”, señala Martín.
Control, experiencia y complejidad invisible
A medida que la videocolaboración se convierte en infraestructura crítica, la complejidad técnica crece: despliegues dedicados, integración con sistemas, gestión de identidad, seguridad o desarrollo de aplicaciones.
Sin embargo, esa complejidad no debe trasladarse al usuario. “La complejidad la debe resolver la plataforma, no el usuario”, resume Herrero, subrayando la importancia de ofrecer una experiencia homogénea entre dispositivos, salas y entornos de trabajo.
“Si no sabemos dónde están los datos ni por dónde viajan, no tenemos control”, advierte Valentín Martín, volviendo a colocar la soberanía del dato en el eje central. Un principio que se extiende también a la inteligencia artificial.
La incorporación de IA —para transcripción, análisis o automatización— abre nuevas oportunidades, pero también riesgos. Por ello, Pexip apuesta por modelos de IA privada. “Si sacamos el contenido de la reunión a un motor externo, estamos perdiendo toda la seguridad que hemos construido”, explica el responsable de canal de Pexip. Una capacidad que, según Herrero, sigue siendo diferencial en el mercado, especialmente en sectores donde el dato es crítico.















