La forma en la que las empresas abordan la infraestructura está cambiando… y con ella, la seguridad. Según explica Diego Ríos, director general de SUSE en el sur de Europa, ya no basta con que la tecnología funcione: “las empresas ya no se conforman con que algo funcione, necesitan tener control sobre el software”.
Ese control pasa por saber qué hay debajo de cada aplicación, de dónde viene y cómo se comporta. En otras palabras, tener visibilidad real. “Buscan una cadena de confianza completa”, apunta, en un momento en el que la presión regulatoria —con normas como NIS2 o DORA— obliga a ser mucho más rigurosos con la gestión de riesgos, vulnerabilidades o continuidad de negocio.
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También está cambiando la conversación en torno a la soberanía. Ya no es solo una cuestión de dónde están los datos, sino de qué pasaría si se pierde el control. Ríos lo resume con una pregunta muy directa: “si alguien fuera de mi país aprieta un botón, ¿mi negocio seguiría funcionando?”.
A todo esto se suma la inteligencia artificial, que abre nuevas oportunidades… pero también dudas. “El riesgo es que la IA se convierta en una caja negra incontrolable”, advierte. Y eso vuelve a llevar la conversación al mismo punto: visibilidad, control y capacidad de decisión.
De hecho, el cambio más importante puede no estar en la tecnología en sí, sino en cómo se gestiona. “Vamos a pasar de gestionar servidores a gestionar políticas”, anticipa.
















