La conversación sobre inteligencia artificial en las empresas va cambiando sin apenas darnos cuenta. Hace apenas unos meses el debate giraba alrededor de modelos, capacidades técnicas o la velocidad a la que evolucionaban las herramientas. Hoy la conversación se está desplazando hacia una cuestión relevante, ¿quién asume el coste de la IA?
Aunque pueda parecer una cuestión puramente financiera, no lo es. Cada vez más, los departamentos desarrollan sus propios agentes, asistentes o copilotos para automatizar tareas, generar conocimiento o acelerar procesos. La barrera de entrada técnica prácticamente ha desaparecido y cada vez es menos necesario movilizar grandes proyectos tecnológicos para incorporar IA en el trabajo diario. Cualquier área de negocio puede hacerlo con relativa facilidad y es, precisamente ahí, donde está surgiendo un nuevo desafío organizativo.
las organizaciones capaces de instaurar un modelo de gobierno de agentes IA sólido, serán las que lideren el mercado
Durante años, la tecnología empresarial se ha gestionado, mayoritariamente, bajo un gobierno centralizado en el que infraestructura, aplicaciones o capacidad de proceso dependían de los departamentos de TI, que actuaban como punto de control, tanto tecnológico, como presupuestario. Con la IA ese modelo está empezando a cambiar. La capacidad de construir se democratiza, y esto va de la mano de la capacidad de generar Aunque costes.
La situación recuerda, inevitablemente, a los primeros años de la adopción del cloud. Entonces, muchas organizaciones trasladaban cargas de trabajo sin un gobierno claro y las facturas crecían mucho más deprisa que la capacidad para explicar su origen. Aquella experiencia creó “FinOps”, una nueva disciplina que permitió dar visibilidad, optimizar el consumo y repartir los costes allí donde se estaban generando realmente. La IA está recorriendo un camino parecido. La diferencia es que ahora el consumo ya no depende únicamente de infraestructura. Cada conversación mantenida con un agente, documento analizado, proceso automatizado o consulta ejecutada implica un consumo de modelos IA cuyos costes pueden crecer exponencialmente si nadie los gestiona.
Sin un modelo de gobierno económico en firme, la IA corre el riesgo de convertirse en una nueva versión del antiguo Shadow IT. Solo que, esta vez, puede llegar a ser mucho más complejo ya que se trata de hacer frente a cientos de agentes distribuidos por toda la organización cuyo impacto económico resulta prácticamente invisible. El problema pasa a ser doble, al cuánto cuesta la IA se le suma conocer quién es el responsable de responder por cada consumo.
Las organizaciones llevan tiempo impulsando modelos descentralizados para acelerar la innovación, por ejemplo, con los datos, donde enfoques como el data mesh trasladan la responsabilidad de la calidad, gobierno y gestión a los propios dominios de negocio. La descentralización funciona, precisamente, porque distribuye, tanto la capacidad de decidir, como la obligación de responder por esas decisiones.
Y con la IA debería ocurrir exactamente lo mismo. No parece sostenible democratizar la construcción de agentes mientras el coste permanece completamente centralizado. Cuando nadie percibe el impacto económico de sus decisiones, resulta difícil incentivar la optimización. Se afinan menos los prompts, se reutilizan menos las soluciones existentes y permanecen activos agentes cuyo valor real hace tiempo que dejó de justificarse. Por el contrario, cuando cada unidad conoce el coste concreto de sus casos de uso y puede relacionarlo con el valor generado, la conversación cambia por completo.
Es por eso por lo que conceptos como la visibilidad del consumo, el showback o el chargeback, habituales desde hace años en la gestión del cloud, adquieren una relevancia creciente en el ámbito de la IA. No tanto como mecanismos de control presupuestario, sino como herramientas para fomentar un uso responsable y sostenible de una tecnología cuyo potencial parece prácticamente ilimitado. Porque “democratizar la IA” consiste en que cualquiera pueda crear un agente y, a la vez, asuma la responsabilidad sobre el valor que genera y los recursos que consume.
En próximos años, las organizaciones capaces de instaurar un modelo de gobierno de agentes IA sólido, serán las que lideren el mercado. Igual que ocurrió con el cloud o con los datos, la ventaja competitiva estará en adoptar la tecnología desarrollando modelos de gestión que permitan escalarla de forma eficiente.
Al fin y al cabo, el éxito de la IA dependerá del impacto real que consiga obtener por cada euro invertido. Y esa conversación, aunque mucho menos mediática que la última novedad tecnológica, será probablemente la que determine quién captura el valor real de la IA.
Por Luis Echávarri, presidente global de TIMIA
















