Viena. La irrupción de los agentes de IA está reabriendo muchos debates dentro de la industria tecnológica. Uno de ellos tiene que ver con el crecimiento exponencial del tráfico y de las comunicaciones máquina a máquina. De hecho, durante Cisco Live se alertó sobre el impacto que los agentes tendrán sobre las infraestructuras digitales y el volumen de actividad que generarán. Sin embargo, Yaroslav Rosomakho, Chief Scientist de Zscaler, cree que el foco está puesto en el lugar equivocado.
“El mayor error es dar a los agentes una identidad humana”
Durante un encuentro mantenido durante el Zenith Live celebrado en Viena, el directivo restó importancia al aumento del volumen de transacciones que traerán consigo los agentes autónomos. “La velocidad no es un problema; sabemos cómo escalar”, afirmó al ser preguntado por el impacto que este fenómeno tendrá sobre las infraestructuras cloud. A su juicio, el verdadero desafío no es gestionar más tráfico, sino entender qué hacen los agentes, qué permisos tienen y cómo garantizar que actúan dentro de los límites establecidos por la organización.
La reflexión resulta especialmente relevante en un momento en el que distintos fabricantes están alertando sobre el efecto que los agentes tendrán sobre las infraestructuras digitales. Mientras algunos ponen el foco en el crecimiento del tráfico, Rosomakho considera que el principal reto está en la autonomía de estos sistemas. A diferencia de una base de datos o de una aplicación tradicional, un agente puede consultar información en Internet, acceder a repositorios de código, interactuar con aplicaciones corporativas o utilizar diferentes servicios externos durante la ejecución de una misma tarea. Esa imprevisibilidad es, en su opinión, uno de los mayores desafíos de seguridad.
Riesgos conocidos, pero amplificados
Según explicó, los agentes de IA no sólo introducen amenazas nuevas, sino que amplifican problemas que las organizaciones ya conocían: pérdida de datos, abuso de privilegios, amenazas internas o accesos indebidos a información sensible. La diferencia es que ahora esas situaciones pueden producirse a una escala mucho mayor gracias a la automatización.
Rosomakho alertó además sobre una tendencia que empieza a repetirse en numerosos proyectos de IA: la concesión de permisos excesivos. Con frecuencia, las organizaciones no saben qué recursos necesitará un agente para completar una tarea y terminan otorgándole más acceso del necesario. El resultado es que estos sistemas pueden llegar a consultar o compartir información a la que ni siquiera tendrían acceso determinados empleados.
Rosomakho alerta sobre una tendencia en numerosos proyectos de IA: la concesión de permisos excesivos
El mayor error: tratar a los agentes como personas
Uno de los mensajes más contundentes de la entrevista llegó al hablar de identidad: “El mayor error es dar a los agentes una identidad humana”, aseguró. Aunque cada vez interactúan de forma más natural y pueden comportarse como asistentes digitales, Rosomakho insiste en que siguen siendo cargas de trabajo y deben gestionarse como tales.
La diferencia puede parecer sutil, pero tiene importantes implicaciones de seguridad. Según explicó, los usuarios no deberían delegar completamente su identidad en los agentes. Lo correcto sería que estos dispusieran de una identidad propia y que las personas les autorizaran a realizar tareas concretas o acceder a recursos específicos.
“Los humanos no delegan su identidad en el agente; autorizan al agente a hacer algo”, resumió. Para Rosomakho, este enfoque permite separar claramente la identidad del agente de la del usuario y establecer controles más precisos sobre las acciones que puede realizar.
La autorización gana protagonismo
La reflexión conecta con uno de los debates que se están generando alrededor de la IA. Durante años, gran parte de los esfuerzos de la industria se han centrado en la autenticación, es decir, en verificar quién es quién dentro de un sistema, uno de los pilares sobre los que se ha construido el modelo Zero Trust. Sin embargo, la llegada de los agentes está desplazando parte de la conversación hacia la autorización: qué puede hacer cada agente, sobre qué recursos y bajo qué condiciones.
Para Rosomakho, el reto ya no consiste únicamente en identificar a los agentes, sino en definir con precisión las acciones que pueden ejecutar y los límites dentro de los que deben operar. Una cuestión que, a su juicio, cobrará cada vez más importancia a medida que estos sistemas ganen autonomía dentro de las organizaciones.
Zero Trust como punto de partida
Ante este escenario, el directivo cree que los principios de Zero Trust siguen siendo una de las mejores herramientas para reducir riesgos. Mantener una política constante de actualizaciones y parcheado seguirá siendo importante, aunque reconoce que el ritmo al que aparecen nuevas vulnerabilidades hace cada vez más difícil mantenerse al día.
Por ello defiende estrategias basadas en segmentación, microsegmentación, acceso mínimo necesario e identidades tanto humanas como de máquina. Incluso cuando un sistema no puede actualizarse o existe una vulnerabilidad conocida, limitar las comunicaciones exclusivamente a lo imprescindible puede reducir significativamente la superficie de exposición.
















