Muchas organizaciones industriales siguen apoyándose en sistemas de tecnología operacional (OT) que llevan décadas en funcionamiento. Su fiabilidad, el elevado coste de detener la producción y la complejidad de sustituir equipos profundamente integrados en los procesos han favorecido que estas infraestructuras continúen operativas incluso cuando utilizan sistemas sin soporte o tecnologías ya obsoletas.
Este escenario está dando lugar a un fenómeno que distintas agencias internacionales de ciberseguridad denominan “obsolescencia autoestablecida”: activos que siguen desempeñando correctamente su función, pero que resultan cada vez más difíciles de actualizar, mantener y proteger frente a las amenazas actuales.
Desde ESET advierten de que esta situación puede convertirse en uno de los principales riesgos para la industria. “Durante años, los sistemas de control industrial funcionaron de forma aislada de las redes corporativas y de internet. Los protocolos industriales apenas incorporaban medidas de seguridad, pero eso no suponía un riesgo significativo mientras permanecieran desconectados”, explica Josep Albors, responsable de Investigación y Concienciación de ESET España. Sin embargo, añade, “la digitalización de la industria y la convergencia entre las tecnologías de la información y las tecnologías operacionales han cambiado por completo este escenario”.
La convergencia entre TI y OT amplía la superficie de ataque
La conexión de los sistemas de producción con las redes corporativas ha permitido optimizar procesos, facilitar el mantenimiento remoto y disponer de información en tiempo real. Pero también ha expuesto limitaciones propias de muchos sistemas industriales heredados, como mecanismos de autenticación poco robustos, escasa capacidad de registro de actividad, configuraciones inseguras o procesos de actualización que obligan a detener la producción.
Las amenazas contra este tipo de infraestructuras no son nuevas. ESET recuerda casos como BlackEnergy, vinculado al apagón sufrido en Ucrania en 2015; GreyEnergy, considerada su evolución; o Industroyer, un malware diseñado específicamente para interactuar con protocolos industriales y responsable del ataque que dejó sin suministro eléctrico a parte de Kiev en 2016. En 2022 apareció una nueva variante, Industroyer2, que confirmó la evolución de este tipo de amenazas.
La mayoría de los ataques a OT comienzan en la red corporativa
Uno de los datos más relevantes del informe es que cerca del 60% de los ataques dirigidos a entornos OT tienen su origen en un compromiso previo de la infraestructura corporativa de TI, según cifras del SANS Institute recogidas por ESET.
Además, el 22% de las organizaciones pertenecientes a industrias esenciales reconoce haber sufrido algún incidente de ciberseguridad durante el último año. De ellos, cuatro de cada diez provocaron interrupciones operativas y casi uno de cada cinco tardó más de un mes en resolverse por completo.
Esta relación entre los entornos de TI y OT hace que, en muchas ocasiones, los atacantes ni siquiera necesiten dirigirse inicialmente contra la maquinaria industrial. Acceder a la red corporativa, comprometer credenciales o tomar el control de sistemas de gestión puede ser suficiente para alcanzar posteriormente los procesos de producción.
El impacto tampoco se limita a la empresa afectada. En sectores donde predominan las cadenas de suministro ajustadas y los modelos just in time, la interrupción de un único proveedor puede trasladar el problema a numerosas organizaciones.
ESET señala que no existe una estrategia única válida para todos los entornos industriales, ya que cada instalación presenta requisitos operativos y arquitecturas diferentes. Elaborar un inventariado completo de los activos, mejorar la visibilidad de la red o implantar herramientas compatibles con equipos antiguos son algunas de las medidas que propone ESET para reducir la exposición.
















